Una gran nave blanca volvía del espacio exterior de una zona completamente deshabitada, fuera de todos los radares. Emergía como una ballena que asciende desde la oscuridad abismal.
Habían estado cuatro semanas en una misión que aparentemente no suponía demasiado riesgo al estar lejos del frente. Su trabajo había sido tantear las defensas de sus propios aliados sin que ellos los descubrieran.
Durante todo este tiempo no tuvieron contacto con ninguna otra nave o base. Navegaban en silencio de comunicaciones. Eran un espectro al que nadie debía detectar.
Una nave con 212 hombres y mujeres vestidos con un uniforme de pequeñas lentejuelas blancas, con un sol dorado con doce puntas clavado en su pecho. Un sol que les distinguía de cualquier otro ejército. Eran soldados del Imperio martano y volvían a su base en los límites del espacio exterior, después de la misión secreta que podría parecer rutinaria.
El capitán era un viejo de barba blanca. Era a la vez, una persona accesible. Aplicaba la autoridad con mano izquierda.
Un hombre experimentado en muchas batallas, según contaban los tenientes veteranos. Por eso se hacía extraño que aquella misión dentro de sus propias líneas le tuviese preocupado de algún modo.
La tripulación ya olía sus vacaciones. Algunos podrían volver al único lugar al que un martano llama «casa», el planeta más bello del espacio: Marta.
Sin embargo, la joven teniente estaba inquieta. No se le escapaba la preocupación del capitán, ni su actitud distante de los últimos días No se quitaba de la cabeza que durante gran parte del viaje fueron uno más.
El tercer día de navegación, se les unieron discretamente un viejo oficial con un androide de servicio, en medio del espacio. Era un oficial de alto rango porque el capitán se cuadró durante el recibimiento. El misterioso pasajero se recluyó en un amplio camarote y solo tuvo contacto con un camarero que le llevaba la comida y el capitán que lo visitaba todos los días.
A mitad del trayecto se fueron en una pequeña nave, acompañados por un comando de asalto de cuatro soldados. A los dos días volvieron sin ellos. Nadie volvió a ver al misterioso oficial.
Este episodio era una anomalía y ella lo sabía. Sospechaba que era la auténtica misión de esta expedición.
Otro hecho que la inquietaba es que el capitán había ordenado eliminar todos los registros de navegación cuando se acercaban a la base. Eso significaba que habían borrado sus huellas y que rastrear sistemas de defensa probablemente era solo una escusa para llevar al misterioso personaje al otro lado del espacio.
En el puente de mando el ambiente comenzaba a ser distendido, apenas estaban a una hora de la base. Todos tenían ganas de llegar y la alegría era indisimulada. Las bromas corrían en el puente de mando, sobre todo entre los más jóvenes, que eran mayoría.
Pero ella se sentía ajena a la fiesta, porque había dos cosas que le preocupaban en ese preciso momento: el capitán no parecía inmutarse por nuestra aproximación y que la nave todavía no había encendido los transpondedores.
El rostro del capitán era sombrío. Desde que el misterioso pasajero se separó de nosotros había estado cada día más serio, ensimismado en sus pensamientos. En algún momento del viaje de vuelta, le pareció percibir un brillo en sus ojos.
Era como si llevase una enorme carga sobre sus hombros, algo que le atormentaba y que le estaba carcomiendo por dentro.
Uno de los copilotos se dio la vuelta y con una sonrisa se dirigió a la teniente con una cierta complicidad: Creo que ya deberíamos encender los transpondedores. No sea que nos cacen los nuestros, después de recorrer medio espacio.
La teniente salió de sus reflexiones, le devolvió la sonrisa y preguntó con amabilidad: ¿Cuál es la distancia a la base?
– Cuarenta y cinco minutos.
Se volvió hacia el capitán y dijo con desenfado: Mi capitán cuarenta y cinco minutos a la base, deberíamos encender los transpondedores no sea que nos consideren nave enemiga.
El capitán seguía mirando al infinito, completamente ausente. Pasan unos segundos antes de comenzar pesadamente a mover los labios: ¡No se encenderán los transpondedores hasta que yo dé la orden! Mantengan el silencio de comunicación hacia el exterior. Velocidad 1.2.
En el puente de mando se hizo el silencio. Un silencio tenso. El jolgorio se apagó al escuchar las palabras del capitán.
Los otros dos tenientes mayores, que estaban de pie, se fueron serios hacía sus puestos de mando y tomaron asiento. Todo el mundo recolocó sus cuerpos en sus asientos. Los cuellos se estiraron.
En ese momento todos se dieron cuenta de que la misión no había acabado.
La teniente ordenó al copiloto que se encargaba de los motores: ¡Subir a velocidad 1.2, mantenemos rumbo!
El copiloto de motores contestó con un seco: ¡A la orden! Y la nave aceleró suavemente hacia su destino.
Pasaron unos minutos en los que nadie abrió la boca, aunque cada vez se percibía más nerviosismo en el ambiente.
El teniente de radares sabía que ya les habían detectado. Los pulsos se hicieron más intensos. Los radares de tierra estaban escudriñando para dilucidar si aquella nave no identificada podía ser una amenaza.
Entonces sonó el primer contacto: una voz metálica solicitó a la nave que se identificase. Que encendiesen su transpondedores. Por si existiese alguna duda sobre que la orden se dirigía a ellos, les identificó mediante su coordenadas.
El copiloto se volvió hacia la teniente con un tono de absoluta preocupación: Nos piden que nos identifiquemos.
La teniente miró al capitán y con tono de súplica repitió las palabras del copiloto, aunque sabía que el capitán las había oído, como todo el puente de mando.
¡Teniente, he dado unas órdenes! ¡Que se cumplan!
En ese momento se oyeron suspiros entre la tripulación y alguna cabeza se meneó en señal de incomprensión. Todos respetaban al viejo capitán. Todos le habrían seguido al infierno. ¿No sería allí donde les llevaba?
Los soldados cuando salen al espacio se despiden de su gente querida, por si acaso no vuelven de la misión. El espacio es muy traicionero y en cualquier momento puede surgir un enemigo desde la oscuridad y destruirte sin darte tiempo a pestañear.
El capitán recorrió en su mente su propia vida en unos minutos, desde la infancia, hasta el último adiós a su mujer. Ella le dijo: ¿Por qué presiento que esta misión no es como las demás? El la abrazó y al separarse ella sabía que esa despedida había sido diferente.
La teniente escrutaba la cara del capitán buscando una señal de alivio a la situación. Un absoluto desasosiego invadió su cuerpo, aumentando con cada instante. Barajó la posibilidad de que el capitán los estuviese probando. ¿O habría perdido la cabeza? ¿Por qué no quiere encender los transpondedores? ¿Hasta donde va a tensar la cuerda?
Los siguientes minutos fueron aún más tensos. Desde tierra les exigieron varias veces que se identificasen y bajasen la velocidad. El tono era absolutamente imperativo. Pero la nave mantenía el silencio.
El teniente de radares levantó la voz: ¡Radares de tiro han comenzado a iluminarnos!
Eso significaba que la artillería se estaba preparando para abrir fuego. Ellos eran el blanco. Los sistemas de autodefensa de la nave dieron la alerta.
Entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir. Tres disparos de potentes láseres pasaron cerca de la nave. Era una última advertencia y todos sabían lo que vendría después.
Un copiloto comenzó a llorar, pero nadie se movió de su asiento. Habían sido educados para obedecer. Formaban parte del ejército más sacrificado del espacio. Los que nunca se rinden y menos ante los suyos.
La teniente hizo un intento desesperado, deletreando casi cada sílaba: ¡Mi capitán si no nos identificamos inmediatamente, nos destruirán!
El capitán la ignoro y dirigió sus palabras, hacia el teniente más alejado de su posición y dijo con toda la autoridad: ¡Activar sistemas de combate!
El teniente le mantuvo la mirada: Arberian, si activo los sistemas de combate nos pulverizarán. Es un suicidio. Nos considerarán una nave hostil.
A nadie se le escapó, que se había dirigido al capitán por su nombre y no por su rango. Los dos habían combatido juntos durante años. Eran dos viejos compañeros de batalla, aunque el teniente era diez años más joven que él.
El capitán volvió a repetir la orden con las mismas palabras pero dando fuerza a cada una de ellas en su entonación: ¡Activar sistemas de combate!
El teniente contestó: ¡Sistemas de combate activados, mi capitán!
Sabía que estas iban a ser sus últimas palabras.
La joven teniente se volvió hacia el capitán, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa dijo: Nuestra misión era llevar a aquel pasajero y no volver nunca. ¿Verdad?
El capitán la miró como un padre. La observó con ternura, como nunca la había mirado antes. Recorrió su cara perfecta, sus ojos vivos de color caramelo y esa alegre medio melena morena que enmarcaba sus agradables facciones y que se balanceaba grácilmente cuando movía la cabeza.
Y las lágrimas cayeron de los ojos del viejo capitán. Sabía que él y sus 211, deberían morir por el futuro del Imperio… ¡Pero que amargo era su destino! Habría muerto con gusto, si no tuviese que arrastrarlos con él.
Habría querido contarles porque morían ese día. Que en realidad no habían llevado un pasajero, sino dos, aunque ninguno de ellos se dió cuenta del segundo pasajero… y que debían morir todos para proteger al Imperio, de propio Imperio.
Pero su deber era llevarse el secreto a la tumba y con él a su tripulación.
Entonces una luz cegadora lo inundó todo. La nave se pulverizó. La artillería había hecho su trabajo.
¡Heisen Marta! Tus hijos entregaron su vida por ti. Que se cumpla nuestro destino. (Epitafio con el que suelen acabar los funerales martanos por los caídos en combate).
Marta Exterior, año 191 de la Guerra de los Imperios.